viernes, 1 de octubre de 2010

CICLO DE LITERATURA TEMÁTICA

SEMANA DEL 27/09 AL 01/10.

VIERNES: RELATOS – PROSA POÉTICA.

TEMA: ENCUENTRO.

DESARROLLO DEL PROGRAMA


INTRODUCCIÓN AL TEMA: Nos dice Jiddu Krishnamurti en el libro “Encuentro con la Vida: ¿Qué es la relación? ¿Qué relación hay entre ese joven y la muchacha, o entre esa mujer elegante y su marido, o entre aquella de mayor edad y su hijo, que se veía aburrido y a quien llevaban al extranjero para mostrarle las viejas ciudades de Italia? ¿Cómo puede haber relación entre un hombre y una mujer, o con cualquiera, si uno es ambicioso y está absorbido por esa ambición, completamente centrado en sí mismo? Es evidente la dureza en los rostros de aquellos cuyas actividades giran totalmente en torno del “yo” y el “tu”. Puede haber un contacto físico, y es probable que toda la relación, la superficial y la que llaman profunda, se limite a eso. ¿Cómo puede uno estar relacionado con otro si uno es receloso, si piensa que siempre está en lo correcto y jamás admite el sentimiento de estar equivocado? Ese hombre con su antiguo orgullo de raza o su imaginada importancia, ¿qué relación puede tener excepto una física o superficial? ¿Cómo pueden dos personas neuróticas que viven en la misma casa y se llaman a sí mismas marido y mujer, tener alguna clase de relación? Hay parejas aparentemente felices, donde ambos han ido creciendo juntos a través del infortunio, la pena y el dolor, con sus múltiples remordimientos y fracasos... Uno diría que fueron felices en su relación, tanto en lo físico como en lo demás, ¿pero cómo puede haber relación alguna con el otro si el “yo” es de primordial importancia, si uno es celoso, arrogante, y el otro es complaciente? Es obvio que no puede existir una buena relación con ninguna de estas personas. Hay personas que están completamente absortas la una en la otra, que hacen cosas juntas, con muy pocos intereses externos, que se satisfacen con vivir en la misma habitación y que ni una tarde salen de su casa. Una relación así es tal vez muy inusual, pero la vida no es sólo una buena relación. Es mucho más, es algo inmensamente superior al movimiento satisfactorio de una feliz relación personal. Estar verdaderamente relacionado con otro sólo es posible cuando la ambición, la desconfianza, la competencia, el sentido de posesión, con todas sus amarguras, enojos y frustraciones, se hallan por completo ausentes.

Por su parte Kay Pollak, reflexiona en su obra “Los encuentros no son casuales”: ENCUÉNTRATE EN TU PRÓJIMO: TODO AQUEL AL QUE CONOZCO ES MI MAESTRO: He descubierto que ésta es una verdad absoluta. Tengo algo que aprender de cada persona que conozco. ¿Puedes señalar a una sola persona que conozcas de la que no tengas nada que aprender? En mis relaciones con los demás este punto de vista básico es liberador. ¡Tengo algo que aprender de cada encuentro con otra persona! Con esta actitud, cada encuentro se vuelve más apasionante, gratificante y placentero para ambos. Haz la prueba de leer de vez en cuando, en voz baja, este pensamiento: Tengo algo que aprender de cada encuentro con otra persona.

Imagina que ningún encuentro es casual. ¡Imagina que todo aquel al que encuentras es enviado con un propósito!

La primera vez que me topé con esta idea mi reacción fue de duda.

“Imposible”, pensé. “¿Quién podría concertar todos esos encuentros?”.

Pero gradualmente comencé a poner a prueba esa idea y, de una manera notable y tangible, se me volvió más gratificante empezar a andar por la vida con ese pensamiento. Una gran cantidad de encuentros, tanto con conocidos como con extraños, se tornaron más fascinantes para mí. ¡A veces casi embriagadores! No puedo decir que lo pienso permanentemente, pero: Sólo imagina que todo aquel al que encuentras es enviado con un propósito. Comienzo a pensar y a creer que es así. La vida se hace más divertida y cobra sentido con ese pensamiento. Si miras hacia el pasado, verás que cada persona que conociste - todas y cada una de ellas - ha contribuido con lo suyo para que te hayas convertido exactamente en quien eres hoy. Nadie ha tenido tanta importancia en tu vida como aquellos con los que te encontraste de distintas maneras. Sólo ellos y nadie más. ¿Por qué no intentas pensarlo? Tómalo con calma. Vive con ese pensamiento por un rato.

Sólo imagina... Todo aquel al que encuentro es enviado con un propósito. Lee con cuidado:

Puedo aprender de los demás y voy a hacerlo. Todos han sido enviados a mí para que practique.

Así también Jorge Bucay en su obra “EL camino del encuentro”, afirma:

Encontrarse con otro es como leer un libro, siempre me enseña algo. Bueno, regular, malo, cada encuentro con otro me nutre, me ayuda, me enseña. No es la maldad, la inadecuación ni la incompetencia del prójimo lo que hace que una relación fracase. El fracaso, si es que queremos llamarlo así, es la expresión que usamos para decir que el vínculo ha dejado de ser nutritivo para alguno de los dos. (No somos para todos todo el tiempo ni todos son para nosotros todo el tiempo). Cada uno de los encuentros en mi vida ha sido como cada libro que leí: una lección de vida que me condujo a ser este que soy. El mundo está compuesto por seres individuales y personales que son únicos y absolutamente irreproducibles. Y como ya dijimos, la manera de el no necesariamente es la mía, es la de el, porque el es una persona y yo soy otra. Además, si me quisiera exactamente a mi manera, el no sería el, el sería una prolongación de mi.

Ella quiere de una manera y yo quiero de otra, por suerte para ambos.

Y cuando yo confirmo que ella no me quiere como yo la quiero a ella, ni tanto ni de la misma manera, al principio del camino me decepciono, me defraudo y me convenzo de que la única manera de querer es la mía. Así deduzco que ella sencillamente no me quiere. Lo creo porque no expresa su cariño como lo expresaría yo. Lo confirmo porque no actúa su amor como lo actuaría yo.

Es como si me transformara, ya no en el centro del universo sino en el dueño de la verdad: Todo el mundo tiene que expresar todas las cosas como yo las expreso, y si el otro no lo hace así, entonces no vale, no tiene sentido o es mentira, una conclusión que muchas veces es falsa y que conduce a graves desencuentros entre las personas.

En la otra punta están aquellos que frente al desamor desconfían de lo que perciben porque atenta contra su vanidad. A medida que recorro el camino del encuentro, aprendo a aceptar que quizás no me quieras. Y lo acepto tanto desde permitirme el dolor de no ser querido como desde la humildad. Hablo de humildad porque esta es la tercera razón para no ver:

“¡Como no me vas a querer a mi, que soy tan maravilloso, espectacular, extraordinario! Donde vas a encontrar a otro, otra, como yo, que te quiera como yo, que te atienda como yo y te haya dado los mejores años de su vida. Cómo no vas a quererme a mí...”

Es fácil no quererme a mí como no querer a cualquier otro.

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ESCRITORES ARGENTINOS Y SUS OBRAS:

HÉCTOR ZABALA. BUENOS AIRES, ARGENTINA-

RELATO DE HÉCTOR ZABALA.

ENCUENTROS EN EL MAR.

El viejo apoyaba los antebrazos en la barandilla. Ya se conocían de vista, aunque jamás se habían correspondido el saludo. El recién llegado se puso a la par, casi codo con codo, imitando la postura del viejo. Las sirenas del barco se escuchaban cercanas.

–Así que contemplando las estrellas para gastar el tiempo. Se ven brillantes, ¿no?

–Ay, joven, ¿a mi edad se puede dejar morir otra cosa que no sea el tiempo? Mire, no me gusta esta música moderna. No, no voy a perder el poco oído que me queda, por más que ese hombre quiera insistir con sus fiestitas.

El viejo y el joven (que no era tan joven como el otro pensaba) se miraron un instante, creyendo reconocerse. Era algo difícil de explicar. Estaba ahí y no estaba. Al fin y después de una pausa, enojosa por cierto como suele ocurrir con esas pausas, el que aparentaba más joven se atrevió a decir:

–Tiene usted razón. Las melodías no van con este asunto del mar, por más que el mandamás se imagine lo contrario. Si yo fuera él, no dejaría que interfiriese la música. Y en cuanto a la sordera, no se preocupe, yo descubrí hace tiempo que las hay beneficiosas. Mire, le diré, hará un montón de años, yo...

Y su alma se explayó en la anécdota, y los recuerdos surgieron como aparecidos a los que el mundo debía cobijar de nuevo. Palabras que el viejo en parte dedujo y en parte no; más por culpa de la sordera que de las neuronas.

De nuevo la pausa enojosa. Ese espectro brutal que llamamos silencio. Ese escollo, en forma de sigilo educado y modoso, entre seres cultos pero distintos, que aparecen de pronto y están como obligados a permanecer quietos y frente a frente, sin saber cómo continuar ni qué decirse ni cómo o dónde poner brazos y manos. Sí, como dos mundos disímiles que ocupan un mismo mundo.

Al fin, el que parecía ser más joven rompió los pensamientos del compañero:

–¿No habría que intentar avisarles?

El otro sonrió desolado sin mirarlo siquiera:

–¿Avisarles?, ¿para qué? ¿Para qué hacer cosas heroicas? Somos inútiles y viejos para ellos. Ni nos verían. Tendrán menos oído que los marineros de su anécdota o que yo por mi vejez. Y en cuanto a ceguera, créame, no hay generación que les gane. Mejor déjelos, que sigan felices, envueltos en su mala música y abismados en su baile ridículo que en todo hace agua. No hay nada, absolutamente nada en lo que podamos ayudar.

Y otra vez el silencio, apenas roto por la carraspera del viejo tras la brisa helada que venía del norte y se hacía sentir como nunca.

–¡Pero, ahora que caigo en la cuenta, no nos hemos presentado! –dijo el que aparentaba ser más viejo, tanto por decir algo.

–Bueno, digamos que no me hace mucha falta –rió el otro–. Usted debe ser el que aparece nombrado en casi toda cartelera de concierto del mundo. En cuanto a mí, no sé si la gente me recuerda tanto. No faltará quien crea que apenas soy un mito –terminó riendo.

–Bueno, de todos modos me presentaré: Soy Ludwig van Beethoven.

–Y yo, Odiseo, rey de Ítaca, aunque algunos prefieren llamarme Ulises.

Y siguieron apoyados con los codos en la barandilla, contemplando el cielo nocturno. Las agujas del reloj indicaban casi la medianoche. El almanaque, catorce de abril de mil novecientos doce. Pese a la vejez y a la niebla, ambos espectros ya empezaban a divisar la enorme masa blancuzca.

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SU PRIMERA SALIDA

Naturalmente caía la noche y sin embargo ella parecía tomarse todo el tiempo del mundo, silbando bajito, provocadora. Sola frente al espejo, hacía rato que estaba vestida, si es que puede entenderse por tal a unas medias caladas, oscuras, por debajo de la minifalda ceñida, y a esa escotada blusa roja. Todo de un brillo escandaloso.

¡Oh, era la primera vez que saldría! Su mejor amiga, ya veterana en esto, le había dicho que todo resultaría fácil, que no se preocupara; el asunto era sólo debutar. Que algunos hombres a veces la hacían difícil, pero sería tan solo cuestión de acostumbrarse. Eso sí, cuidado con los viejos tramoyistas, babosos sin escrúpulos. Debía pararse, bien plantada, en el lugar más oscuro y esperar, careteando un poco. Luego de la primera noche, todo seguiría sin problemas.

Se aplicó un par de cremas en la cara, para después esfumar aquellos polvos coloreados sobre párpados y mejillas. Tenía que parecer y aparecer linda, excitante. Marcó bien la línea negra en el borde de las pestañas, que pintó y enarcó, se remarcó las cejas y se miró una vez más. Tomó el pincelito y se dio ese par de toques rápidos hacia los bordes externos de ambos ojos, en dirección a las sienes. ¡Bien, ahora estaba mejor!

Orgullosa, recalcó una gruesa banda carmín en su labio superior y después, en el de abajo, otra similar. Apretó ambos labios apenas una primera vez, pero no se conformó. No estaban perfectos, debían verse aun desde bien lejos y con escasa luz. Los repasó otras dos veces y volvió a juntarlos para uniformar el color, agresivo y sensual. Ahora sí.

Y tomó los aros dorados, baratos, aunque enormes y brillantes, que definirían bien su contorno facial. Sacudió el largo pelo, que caía lascivo sobre sus hombros desnudos; lo acarició atrás y arriba, para achatarlo un poco aquí y allá. Regresó a mirarse con ojo crítico y se vio bien. Tenía un rostro hermoso: un argumento capaz de seducir a cualquiera.

Por si acaso, se alejó y se contempló en otro espejo, más grande, para cuerpo entero. Desprendió un par de botones de la blusa para darse un aire de mayor seducción y se palpó apenas, con la yema de un dedo, el pecho por debajo del cuello. Y luego, el viejo libreto: se paró de costado, apretó las manos bien abiertas a la altura del estómago y las fue bajando hacia la falda, mientras levantaba el busto... y probaba la pose conocida, incitante, que realza la cola y endereza la espalda. Al fin, se acomodó mejor el sostén para aparentar más volumen. Sí, estaría irresistible, nadie notaría su timidez innata.

Una vez más volvió para enfrentarse al espejo. Tomó su cartera, la colgó chabacana de un hombro y puso las manos en jarra, mientras volcaba el peso de su cuerpo sobre cadera y pie del mismo lado. No faltó el mohín de labios ni el guiño para sí misma. Su familia nada sabía, todo lo había manejado entre bambalinas con Ágata, su amiga y confidente. Estaba perfecta con sus tacos altísimos. Sólo entonces, se dispuso a salir.

Taconeando fuerte, caminó voluptuosa para darse ánimo. Un muchachito electricista se perdía detrás, entre cables y luces precarias, a un costado del corredor; pese a todo, no pudo menos que girar a propósito para observarla. Ella simuló ignorar que la enfocaba con lujuria y le agradeció mentalmente el piropo que, aunque lascivo (o quizá por eso), la hizo sentir más segura. Estaba perfecta, no sólo según sus propios ojos.

Así continuó por el largo pasillo, acometió unos pocos escalones, caminó un trecho y se detuvo donde corría menos luz. A los pocos minutos, apareció una silueta. El hombre se mantuvo un tanto alejado, mirándola de reojo. Mantenía la cara de perfil, mas un instante después la volvió hacia ella con un guiño que remató con silbido acorde, sutil, ahogado, confirmando su aspecto de mujer fatal. Ella sonrió, satisfecha para sus adentros.

De pronto, el imponente telón se alzó; ambos respondieron con una leve inclinación a los aplausos provenientes del magnífico y elegante teatro, tragaron saliva, ¡y se dispusieron a representar la obra que tantos ensayos les había exigido!

LA PALABRA DE HÉCTOR ZABALA

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NORI BRUNORI, SAN GENARO, SANTA FE.

RELATO DE NORI BRUNORI

PUEDE PASAR

-Viene sin almorzar, ¿verdad? Pase, no hay problemas, tenemos puchero de gallina. Después de que ya estaba sentado, con un vaso de agua fresca delante, se iniciaba la charla.

Por lo general esta persona había recorrido muchos kilómetros y era seguro que en verano, el calor, la tierra y el sol habían menguado un poco sus fuerzas, por lo que un vaso de agua, la sombra de un paraíso y una silla eran un regalo deseado.

Pero si venía de la ciudad y era apenas conocido no podía creer que se lo recibiese de ese modo. Ese venga, pase, era como llegar a un oasis colmado de amistad fraterna.

El ofrecimiento del puchero era un certificado de simpatía espontánea, cuando el vendedor quizás venía por primera vez.

La visita de los vendedores era cuestión común en esos tiempos de distancias considerables, ya que no se podía salir cuando se quería y se los esperaba con cierta expectativa; sabíamos que traían artículos que de otro modo no podíamos conseguir.

Cierta vez llegó a casa un proveedor, no recuerdo qué cosas vendía. Se lo veía cansado, con cara de gringo bueno. Nos contó que los negocios le habían ido mal y por eso había salido a ofrecer al campo. Mientras mi esposo conversaba con él terminé de preparar lo que tenía: Una enorme fuente de verduras hervidas con papas. La achicoria la habíamos recolectado del campo. Todo esto iba rehogado con dados fritos de panceta de cerdo, una atadura de chorizo deshecha y ajo picado. Lo acompañábamos con chorizos de la última carneada de días atrás, cocidos en la cacerola. Me disculpé por lo humilde del plato y lo invitamos a pasar.

El hombre estaba fascinado, comía y comía verdura y apenas si aprobó el chorizo. Luego escuché que le decía a mi marido: - Mire, yo estoy casado con una mujer criolla y jamás me hace esta clase de comida. Yo la extraño, me gusta mucho. Les agradezco tanto.

Después de esta visita, cada vez que cocinaba verdura nos acordábamos de aquel invitado y decíamos: - ¡Mirá si viniese el gringo que se comió toda la verdura…!

LA PALABRA DE NORI BRUNORI

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AUTORES EXTRANJEROS Y SUS OBRAS

EDUARDO GALEANO NACIÓ EN 1940, EN MONTEVIDEO. Allí fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1973, en Buenos Aires, fundó la revista Crisis. Estuvo exiliado en Argentina y España. A principios de 1985, regresó al Uruguay. Ha escrito varios libros, entre ellos Las venas abiertas de América Latina (1971), Vagamundo (1973), La canción de nosotros (1975), Días y noches de amor y de guerra (1978) y los tres tomos de Memoria del fuego: Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986). Una antología de trabajos periodísticos, Nosotros decimos no, apareció en 1989. En dos ocasiones, en 1975 y 1978, Galeano obtuvo el premio Casa de las Américas. En 1989, recibió en los Estados Unidos el American Book Award por Memoria del fuego. Sus obras han sido traducidas a más de veinte lenguas.

RELATO DE EDUARDO GALEANO:

DE EL LIBRO DE LOS ABRAZOS: "La función del arte /1".

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estallo ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor que el niño quedo mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre;

- ¡Ayúdame a mirar!

LA PALABRA DEL GRAN ESCRITOR CONTEMPORÁNEO EDUARDO GALEANO.

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ESTHER VALLBONA. ESPAÑA.

RELATO DE ESTHER VALLBONA

DEBERÍAS APRENDER A MIRARTE

Ahora puedo decir que te he encontrado. Aunque sepa a ciencia cierta que tú no puedes decir lo mismo, porque aún no lo sabes, pero sí, tú también me has encontrado, y daría todo lo que tengo y todo lo que soy por ver la expresión de tu rostro en ese preciso y precioso instante en que te des cuenta.

Sí, yo te he encontrado, lo sé porque ocupas todos los espacios de mi mente. Estás en todo lo que hago y en todo lo que pienso, siempre presente. Me basta recordarte para sonreír, para ahuyentar mis temores. Me regalas un presente tranquilo y un futuro cierto. Ya nada me da miedo, me imagino envejeciendo a tu lado, contando las arrugas nuevas que nacen de tu risa y la mía, besando el horizonte de tu piel para calmar la inseguridad que aflora a veces en ti. Deberías aprender a mirarte como yo te miro. Sólo entonces serías tú, verdadera y ciertamente tú.

LA PALABRA DE ESTHER VALLBONA

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ANA VANESA PRADA. BOGOTÁ, COLOMBIA.

RELATO DE ANA VANESA PRADA.

RUPTURA CARNAL

Su mente estaba concentrada en aquel hombre...

Quería verse radiante, hermosa y lo mas importante, provocativa...

Esta vez no sería más la niña tierna, se convertiría en mujer, en placer y deseo desenfrenado...

Tomó un baño caliente y después se empezó a vestir.

Vestido negro 30 centímetros arriba de la rodilla, medias veladas, tacos altos, aretes y un delicado collar.

Mientras se maquillaba, sólo pensaba en la forma en como él le iba a arrebatar su ropa; se imaginaba cada beso recorriendo su cuerpo, el placer que sentiría cuando su piel rozara la de él...

Anotó la dirección del hotel, tomó las llaves del carro, su bolso y se fue...

Al llegar al punto de encuentro, una llamada entró a su celular

-Hola, amor, ¿cómo estuvo el vuelo?

- Muy bien, gracias, de hecho salí a comer algo…

-¡Ah, bueno! Te deseo lo mejor en tu cita de negocios...

-Gracias, amor... Yo llego mañana en la tarde al apartamento.

-Ok, belleza... te espero... Feliz noche...

Ella colgó, apagó el celular... entró a la habitación... y ahí estaba él... su amante...

LA PALABRA DE ANA VANESA PRADA

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¡¡¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!!!

2 comentarios:

Catalina Zentner dijo...

Cada vez mejor, Nerina. Tu programa no para de crecer.

Un beso,

Ester Vallbona dijo...

Hola, Nerina:
Gracias por acercar mis textos a tus lectores.
Saludos.
Ester